domingo, 4 de diciembre de 2011

Y por fin me decidí!

Como todos y como en todo, lo que hay que hacer es arrancar. Mmmmmm ...voy,voy...tan solo estoy haciendo honor al título del blog. Creo que una buena manera de empezar, aunque no sea de mi cosecha, y con el permiso de raices y patas, (blog altamente recomendable), es con una de sus entradas que me encantó. Dudo que pueda superar sus comentarios incisivos e ingeniosos, pero si pretendo que por ahí vayan los tiros. Allá va!

Angustiante la vida. Nacemos y uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece años y como marionetas manejadas por padres, maestros, consejeros varios, en fin, no tenemos mucha decisión. Luego llegan los catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho y ya empezamos a utilizar otras armas. Somos como monitos con unas tijeras bien afiladas en las manos y bien cogidas por el mango. No sabemos mucho de qué va la cosa, pero ahí estamos. Diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro y nos vamos haciendo "humanoides", cortando con las mismas tijeras, lienzos más gruesos. Etapa peligrosa, se destruye tu vida o se hace maravillosa. Quien sabe. Grandes decisiones. No todas, pero muchas. Y después veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, veintinueve... ahí guardamos las tijeritas que ya sabemos que cortan, pinchan y escuecen y nos ponemos a pagar cuentas, a bajar la pelota al piso, a encarar un poquito, porque ya nos hemos cortado un par de veces y nos hemos tropezado una y dos y hasta tres veces con la misma puta piedra que parece como si algún espíritu travieso la moviera de lugar para hacernos quedar en ridículo. Treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres, gran trauma gran, llegamos a la treintena. Esa cifra horrible a la que pensamos que nunca llegaríamos y que sólo cuando tenemos cuarenta años pensamos que no era tan mala. Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, más vale que hayas hecho algo muy productivo y muy bueno con tu vida o te vas a querer matar por algunos años hasta que lo hagas. Si más o menos has logrado tener una familia, un trabajo y algo de dinero como para seguir siendo un esclavo, pero un esclavo con suerte, ahí cambia la cosa. Ahí pasas a ser un tipo, que si bien no entiende por qué está parado en este mundo ni lo que hace peleando contra Ángeles y demonios desde que nació, es un tipo “realizado”. Es decir, pensará que está, comparado con los demás, “realizado”. Si no, se querrá morir.
Treinta y nueve. Un CAPÍTULO a parte. Voy a dejar mis treinta y voy a tener cuarenta primaveras en mi haber. Que se dicen pronto. Soy una mierda, no existo, no sé que mierda hago en este mundo de mierda y además, haga lo que haga me lo cuestiono todo porque mañana... ¡¡¡voy a tener cuarenta!!! Voy a ser un cuarentón o lo que es peor... Dios, no puedo ni decirlo... ¡¡¡una cuarentona!!! Y lo que haya conseguido ser hasta ese momento, ya no lo voy a poder cambiar. ¿Soy soltera? Seré una solterona. ¿No tengo hijos? Seré una no-madre. ¿Soy gorda? Seré una gordinflona. ¿Tengo celulitis? Seré una celulitona.
Luego... cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siente, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve. Todo lo mismo. No creo que alguien de cuarenta supere sus cuarenta, hasta los cuarenta y nueve, que como pasa a tener cincuenta. Oh Dios. CAPÍTULO a parte. Y así hasta morir. Cincuenta, sesenta, setenta... ojo... a los ochenta cambia la cosa. Ochenta nos dan sabiduría. La sabiduría de tener ochenta. Ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres... noventa. Los noventa nos dan que hablar. Porque vamos ¿cuántos años más tienen que pasar para que nos sintamos mal? ¿Noventa? No tenemos tiempo. Noventa años más no podrán pasar. Noventa años más no lo podremos soportar. Así que sólo por ese hecho, por el hecho de no poder soportar el doble de nuestra vida, podríamos decir que estamos muriendo. Y esa idea si que no la podemos soportar. La idea de morir no la puede soportar nadie, ni nosotros, ni nuestros amigos, ni nuestros familiares. La idea de morir no la puede soportar ni Dios, por eso no muere. Ni el demonio, por eso tampoco muere. La idea de la muerte es la idea de que NADA, puede ser nuestro futuro, de que NADA, puede ser todo lo que tenemos. De que NADA es lo que somos y lo que venimos siendo desde que nacemos. Así que de los noventa mejor ni hablar. De los cien hablan muy pocos y de los ciento cincuenta..., ninguno. No vivimos ni ciento cincuenta miserables años.¿Cómo no nos vamos a angustiar?
Pero tenemos alternativas. Muchas. Creer en la reencarnación. Mueres y vuelves a nacer y además no te angustias porque no te acuerdas de nada. Sólo vuelves a ser jóven y bello así porque sí. Si esta no te convence tenemos otras alternativas: Dios. Esta es mejor todavía. Me muero pero porque Dios me quiere a su lado. Nada más y nada menos que a mi. Ja! A ti no. A mi. Ja! Y allí quedaré a su vera entre nubes de algodón, comiendo rico y siendo feliz eternamente al lado de Dios. Ja! Hay otra, espera: el nirvana, me fundo en una luz enceguecedora que me hace sentir todo el amor del mundo reconcentrado en mi corazón y en ese regozijo interno increíble no comparable a nada humano, me revuelco toda la vida.
Son alternativas mucho mas alentadoras que la NADA. Yo dejo la puerta abierta a todas. Tampoco puedo vivir sin NADA.

1 comentario:

  1. Eyyyy!!! Menudo honor!! Soy tu primera seguidora, la primera que hago un comentario y para "colmo de bienes" inicias el blog con Raíces y Patas?? Me voy a desmayar de la emoción!

    Un abrazo y enhorabuena por el emprendimiento!

    ResponderEliminar